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El nueve bueno estaba en casa

Deberían hacérselo mirar quienes aún cuestionan a Enric Gallego Puigsech aunque sea solo por costumbre (o porque no tienen nada mejor que hacer). Me preguntaba yo estos días antes de la mediática visita de Álvaro Morata –y ahora se lo planteo a todos ustedes– quién acabará la temporada con más goles, si el viejo rockero del Tenerife o el que ahora luce los colores del Lega. Entre los dos suman más de 300 tracas, pero en lo que va de competición va ganando Enric. El barcelonés vio portería por partida doble en un partido inconmensurable del representativo, que cumple a rajatabla con el abecé del entrenador y cada día ejecuta mejor el fútbol al que propone jugar su míster. A este nivel, infunde temor y además consolida la sensación de que, para ganarle, hay que sudar tinta.

Gallego fue protagonista con letras mayúsculas porque provocó el penalti que revisó el VAR y concedió con efecto retardado el árbitro principal de la contienda. Luego cogió, la bola y en el momento de la verdad chutó con una tranquilidad casi funcionarial, como quien estampa sellos o cierra sobres. Más adelante otra vez hizo brillar su testa para fabricar y hasta festejar el 2-0, pero entonces fue justamente el criterio arbitral el que anuló la celebración por fuera de juego. Para entonces aún faltaba su segunda obra de gol, que causó un delirio monumental en la grada. Su partido fue rotundo y sus números son incuestionables. Hablan por sí solos.

Enric no es solo lo que aporta en goles, también el trabajo incansable que ofrece. Obrero del balón, no encaja en el perfil de los futbolistas modernos, sino en el de los que han labrado sus carreras desde el tesón y la constancia. «Trabajé de peón desde los 16, en los camiones dos años en el puerto de Barcelona, en el alquiler de bicicletas... ¿Por suerte o por desgracia? Creo que por suerte, porque me ha servido luego a valorar la vida del futbolista», me dijo un día Gallego, que el pasado jueves aterrizaba en la cuarentena en plenitud. Anoche rubricó su primer gol desde el cuarto escalón de su vida, que en su caso es plena, feliz, pletórica. Porque no debe haber honor mayor para un futbolista que el de marcar un gol en su casa ante 18.000 almas y poder celebrarlos con una de ellas (su hijo) a pie de césped.

Tal y como están concebidos, la vida y el fútbol demandan y aplauden constantemente la novedad, como si lo viejo ya no valiese. Pero frente al edadismo imperante, en el Tenerife es absolutamente reluciente el trabajo enorme que hace Enric, al que se le ha cuestionado todo, a veces casi por sistema. Un sector relevante de la afición y de la grada soñaban con el nombre de un nueve nuevo –si era mediático, mejor– olvidando por el camino que el nueve bueno estaba en casa y se llama Enric. La pregunta no es cuánto tiempo más va a estar a este nivel sobresaliente de eficiencia, compromiso y trabajo real; la pregunta es cuántas veces más vamos a cuestionar a quien no se lo merece.

Y un apunte más, salvando las distancias. Un poco le está pasando al Tenerife lo que al Barça. Se habló en verano infinitamente más del nueve que estaba por venir que del que ya estaba en casa. La injusticia que sufrió Raphinha es la misma que ha sufrido –y superado– Enric Gallego, que va a lo suyo. Ya lo dijo él: es un bicho. n

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