Portazo del madridismo a José Mourinho. El entrenador que tenía dividido el corazón de los madridistas ha acabado poniéndolos de acuerdo tras vivir una eliminatoria complicada en lo extradeportivo contra el Benfica. ‘The Special One’ ha caído en desgracia también para los ‘fans’ que le guardaban un rincón en su corazón por mucho que quieran conservar un buen recuerdo de su paso por el Madrid.
Falta de escrúpulos
El madridismo era consciente de que gran parte de su fama la alimentó apoyado en la polémica, en la falta de escrúpulos, pero lo admitía en defensa de sus colores. Pero las sensaciones cambian cuando toca sufrir sus ataques. Quizá esperaban más cariño hacia el club que dice amar, pero ha vuelto a demostrar que sus palabras no pasan de la semántica.
Montó dos espectáculos grotescos en sendos partidos jugados en Da Luz. En el primero, bailó una goleada humillante para los blancos en las narices del pazguato Arbeloa, que encima lo justificó. Se podía entender su felicidad, pero no a costa de menospreciar a un equipo al que dirigió y decía respetar.
Hipocresía y empatía
En el colmo de la hipocresía, en el segundo partido, criticó a Vinícius por bailar el 0-1. También cargó contra el árbitro argumentando que no se atrevió a amonestar a algunos jugadores porque eran del Madrid. Mourinho nunca fue elegante ni nunca lo será y el madridismo lo ha podido comprobar en primera persona.
Pero en su acostumbrada falta de empatía, trajo en jaque al Real Madrid en el tercer partido. Primero, se negó a hacer declaraciones auspiciado en la reglamentación que le exoneraba al estar sancionado; y después, obligó a su ex club a reservarle una cabina y poner a su disposición a un equipo de operarios a los que dejó tirados. Decidió seguir el partido sentado en el autobús del equipo aparcado en los bajos del estadio.
Escondido en el autobús
En su sibilina forma de actuar, adelantó que no tenía ninguna posibilidad de volver al Real Madrid, pero abría la puerta de un contrato que puede rescindir unilateralmente con el Benfica si su "amigo" Florentino le llamaba. Sabía que tendría que volver al Bernabéu 13 años después, y muchos están convencidos de que forzó la expulsión para no tener que sentarse en el banquillo y sufrir el desprecio de la que fue su afición.
Eso sí, pisó el césped para darse un paseo, observar la remodelación del estadio, hablar con su staff, ver un rato el calentamiento de sus jugadores y todo con las puertas del estadio aún cerradas para el público. Después, se escondió tras filtrar falsamente que ocuparía un palco al que nunca accedió. Si dijo que no volvería al Real Madrid, no lo hará aunque cambie de opinión, porque es el madridismo el que ahora no le quiere que vuelva.